“El socio constructivismo y la teoría crítica: un marco epistemológico para la comunidad de aprendizaje”*[2]
 
Isabel Orellana
 

 La complejidad del desafío llama a investigadores y practicantes de las áreas más diversas de intervención a una búsqueda incesante de enfoques, estrategias y metodologías que contribuyan a hacer contrapeso a la inadecuación de las soluciones ya prescritas frente a los desafíos contemporáneos y a las dificultades de tornar el aprendizaje motivante, estimulante, gratificante y contextualmente pertinente. Ya no se trata de acumular nuevos saberes, lo que en una época fue considerado la clave del “progreso”, sino que de construir saberes que sean significativos, que contribuyan a cambiar actitudes y comportamientos individuales y colectivos que permitan frenar las tendencias destructivas y recrear nuevas relaciones con el medio de vida. En ese sentido, la educación, como lo plantean Delors (1996) y Mandela (1994), constituye una de las armas más poderosas para modelar el futuro, para cambiar el mundo, ella aparece como un factor clave de cambio social (Faure, 1972; Fondation pour le progrès de l’homme, 1997). Y la educación ambiental, como dimensión esencial de ésta, por su especificidad, su finalidad y los procesos que desencadena, constituye un importante factor de cambios ambientales, educativos, y pedagógicos (Sauvé, 1997a, 2000). Ella persigue buscar soluciones adecuadas a las problemáticas ambientales tomando en cuenta su vínculo estrecho con las problemáticas sociales, lo que requiere estimular el pensamiento crítico y la creatividad, el compromiso y la responsabilidad, para construir nuevos valores esenciales (Sauvé, 1997; Fien, 1993; Greenall Gough, 1993) y contribuir a la concepción de nuevas formas sociales, siendo la sociedad, como mediadora, determinante en las relaciones que se tejen con el medio de vida. La dimensión social es efectivamente clave en el proceso de génesis del saber, ésta se produce en la compleja relación de reciprocidad que el ser humano desarrolla con el mundo, en la cual la práctica social es un elemento crucial (Freire, 1970). Es en esta relación que se forjan nuevas formas de actuar y de interactuar de la comunidad humana con el medio de vida, por medio de sus diversas formas de organización. Piaget y Vygotsky, revelaron el rol activo y estructurante que juega el ser humano en ese proceso, Piaget (1983) destacaba principalmente el rol del actuar individual, mientras que Vygotsky (1978) se concentraba sobre la dimensión social de ese actuar. Estos estudios ponen en evidencia la importancia de considerar la construcción de conocimientos como un proceso de interrelación entre las personas y los procesos sociales en los cuales éstas actúan, y por consecuencia, de abordar la educación considerando su lazo indisociable con las realidades sociales, culturales e históricas.

 

La construcción social del conocimiento es uno de los principios básicos en el cual se apoya la teoría de la comunidad de aprendizaje. Se pretende así recrear la noción de dialoguicidad a la base de los procesos educativos y de crear condiciones estimulantes y significativas de aprendizaje, para romper la anomía (Durkheim, 1895) del contexto social contemporáneo, es decir, su falta de vínculos, de relaciones significativas y estructurantes y de valores comunes, para generar un saber-ser, un saber-hacer y un saber-vivir-juntos, solidaria y responsablemente.

 

Es en la necesidad de repensar los procesos educativos hacia estos objetivos que surge la idea misma de comunidad de aprendizaje, interesando a investigadores y practicantes de áreas como la filosofía, la sociología, la educación, la sicología, y cuyos esfuerzos de clarificación de este concepto se han manifestado en forma creciente particularmente a fines del siglo XX.

 

La estrategia pedagógica de la comunidad de aprendizaje se inspira de múltiples prácticas educativas, entre las cuales las experiencias de la Escuela como centro social, iniciadas por Dewey en Chicago en 1896[3], del Colegio Experimental de Meiklejohn de la University of Wisconsin en 1927[4], de la red de Colegios comunitarios iniciada en los años 20 en Estados Unidos[5], de la educación popular[6], de la educación comunitaria[7] y de la educación de adultos[8] (Orellana, 2001a). Ella retiene e integra los principales fundamentos de estas prácticas : el enfoque comunitario, la participación, la cooperación, la interdisciplinariedad, la resolución de problemas, el vínculo esencial entre procesos educativos y realidades sociales, el aprendizaje reflexivo en la acción, el enfoque democrático. Retiene igualmente la noción de comunidad, rescatando sus valores esenciales y su rol de mediadora entre la persona y la sociedad. La comunidad de aprendizaje aparece asociada a la necesidad de construcción de espacios de libertad, como los califica Reeves (1990).

 

Una dinámica común en la red de nociones de la comunidad de aprendizaje: la relación dialógica

 

De estas prácticas educativas y del principio común de construcción social del conocimiento[9], la comunidad de aprendizaje pone un énfasis particular en la noción de relación dialógica originaria asociada a la disputa, la discusión y la confrotación dialéctica promovidas en la antiguedad por Aristóteles, Sócrates y otros filósofos griegos, y que son retomadas, entre otros, por Buber (1947) y más tarde Freire (1970). Para estos, la relación dialógica es la esencia de la educación.

 

Freire (1998) aborda el diálogo incluyendo sus dos dimensiones dialécticamente inter ligadas e indisociables: la reflexión y la práctica, a las que Gadotti( 1998) asocia una problematización, revelando de esta forma la necesidad de una integración de saberes. De un punto de vista hermenéutico se trata de asegurar la intersubjectividad de la comprensión de la comunicación, clave del diálogo, sin perder de vista el contexto cultural en el cual ésta se forja. La teoría del actuar comunicacional de Habermas (1987) se revela en estos propósitos. En contexto de comunidad de aprendizaje, el diálogo aparece igualmente como un acto creativo que responde a la búsqueda incesante del ser humano de vías que conducen hacia la gestación de lo que es nuevo (MacLaren, 1997). Este acto creativo es estimulado por el proceso de integración de saberes de diversos tipos y vinculado a la ruina de la certeza, que es percibida como el desencadenador de la creatividad y del pensamiento (Orellana, 1996) y como el motor para la búsqueda de soluciones a los problemas.

 

Estas consideraciones forman parte de la visión global en la que se enmarca la comunidad de aprendizaje, en la que ésta aparece como un eslabón que constituye la unidad funcional dentro de un proceso educativo permanente y continuo, que interpela una responsabilidad global e integra tres niveles de estructuración social (Orellana, 2001) (figura 2) : la comunidad de aprendizaje, la comunidad educativa y su marco global, la sociedad educativa, esta última ya presentada, entre otros, por Schön (1971), Faure (1972) y Ranson (1994). Estos conceptos nacen en el marco de nuevas ópticas que enfrentan, como apunta Grün (1996) la visión cartesiana fragmentaria, reduccionista y mecanicista para dar lugar a una visión compleja, holística, viva y orgánica.
 

Diversidad de nominaciones y polisemia de conceptos de la comunidad de aprendizaje
 
Las experiencias de comunidad de aprendizaje son relativamente recientes y aún lo son más los escritos que pretenden definirla. En ellos se revelan diversos campos de intervención, entre ellos, la educación primaria, secundaria o universitaria, la capacitación en el medio del trabajo, la investigación, el desarrollo comunitario, la formación profesional continua. 
 
Una serie de nuevos términos han sido empleados para nombrar estas prácticas, que vemos converger por sus bases epistemológicas y principales enfoques pedagógicos. Mis investigaciones me han permitido identificar las diversas apelaciones siguientes: la community of practice (Wenger, 1998; Brown y Duguid, 1991) y su equivalente en francés, la communauté de pratique (Benoît, 2000a), la community of learners (Kenneth, 1997 ; McCaleb, 1994), la learning community (Chambers; 1998; Clark, 1996; Sergiovanni, 1994; Gabelnick et al., 1990), la communauté d’apprentissage (Grégoire, 1997; Desjardins, 1995), la collaborative community (Potapchuk y Polk, 1994), la community of inquiry (Wells, 1994), la comunidad de indagación (Vicuña Navarro, 1994) y sus equivalentes en inglés, la research community (Lipman, 1992), en francés, la communauté de recherche (Lipman, 1996, Poirier, 1993), en portugais, la comunidade de investigação, (Strobel, 1998; Sharp, 1998; Lipman, 1990), las open learning communities (Learning Without Frontiers, 1999a, b; Zimmer et al, 1998; Schnüttgen, 1997; Manish, 1997; Visser y Manish, 1996;), la dynamic learning community (Wilson y Ryder, 1999), la transforming learning communities (Andersen y Tiessen, 1999) y la learning organization (Garratt, 1994; Senge, 1990; Handy, 1986; Argyris y Shön, 1978).
 
Todos estos conceptos tienen como noción central la comunidad de aprendizaje y pueden presentar características comunes en cuanto a la estructura, la organización o las estrategias pedagógicas específicas. Sin embargo, cada uno de ellos tiene sus particularidades. Algunos de estos conceptos abordan la comunidad de aprendizaje principalmente como estructura y otros, como proceso (Gregoire, 1997). Aunque estas dos perspectivas son evidentemente complementarias, su identificación permite clarificar la complejidad de la comunidad de aprendizaje. Como estructura organizacional, ésta se crea premeditadamente en función de los objetivos de un proyecto común, de su duración y lugar de realización. Sus reglas de funcionamiento se determinan consecuentemente con ello. Esta estructura puede ser adoptada por instituciones que la implementan como nueva forma de organización pedagógica en estructuras ya existentes como la clase, la escuela, la facultad, la unidad o la sección de trabajo, el organismo comunitario. Otros ponen sobre todo énfasis en el proceso de aprendizaje, refiriéndose en primer lugar a los procesos dialógicos de co-adquisición y de co-construcción de conocimientos, de aprendizaje e investigación, a la co-participación, la cooperación, al diálogo de saberes y la interdisciplinariedad, a la pedagogía de proyectos, a la resolución de problemas comunitarios, a la red de interrelaciones personales, profesionales, educativas, pedagógicas, ambientales que se tejen, al enfoque sistémico y holístico.
 
 Entre las principales características de las prácticas mencionadas, algunas revelan la importancia de explotar el potencial educativo de grupos ya existentes que efectúan actividades comunes (communities of practice) acentuando el efecto sinérgico y complementario en la construcción de sentido y de identidad; otros valoran las perspectivas de asociar en un equipo procesos colaborativos de investigación y de formación. El desarrollo del pensamiento crítico, del razonamiento colectivo, los vínculos entre la investigación y la práctica son puestos en evidencia (community of inquiry), así como el desarrollo de una visión holística y crítica de la realidad, del lugar que ocupa cada uno y de las interrelaciones (comunidad de indagación, research community, communauté de recherche, comunidade de investigação). El potencial del co-aprendizaje en el desarrollo de una acción reflexiva es por otra parte valorizado (Argyris y Shön, 1978), así como la importancia de vincular la acción reflexiva a las problemáticas sociales, para contribuir a buscarles soluciones, participando en procesos de desarrollo local (McCaleb, 1994; Sergiovanni, 1994; Gabelnick et al., 1990), valorizando su potencial de transformación y de cambio (Andersen y Tiessen, 1999). Se plantea, en otros casos, el interés de hacer converger los esfuerzos educativos de diversos medios en un espíritu de colaboración, de sinergía y de complementariedad por un desarrollo integral de las personas de manera de adecuar los aprendizajes a los desafíos contemporáneos (Learning Without Frontiers, 1999; Visser y Manish, 1996), y de aprender a resolver los problemas comunes, particularmente los problemas comunitarios, desarrollando procesos colaborativos de adquisición de competencias (Potapchuk y Polk, 1994).
 
La comunidad de aprendizaje, una macro estrategia pedagógica
 
Analizando estos alcances e integrando los diferentes enfoques que de ellos se desprenden, hemos podido formular una definición global. Según ésta, la comunidad de aprendizaje puede ser entendida como una estrategia pedagógica marco, que desde una visión socio constructivista y crítica, integra un conjunto de enfoques y estrategias pedagógicas específicas y complementarias que tienden a favorecer el co-aprendizaje, y cuya implementación se apoya en un grupo de personas que se asocian en torno a un objetivo común de aprendizaje, en una dinámica de diálogo, para aprender juntos, para resolver un problema que los preocupa o para construir un proyecto común (Orellana, 2001a).
 
Este grupo organizado constituye una estructura que aparece como un lugar de intercambio de ideas, de discusiones, de cooperación, de investigación colaborativa, de confrontaciones y de negociaciones. La situación pedagógica puede ser ilustrada entonces como se presenta en la figura 3.
 
Sujetos y Agentes emprenden juntos un proceso en el que aprenden complementariamente unos con otros, unos de otros, para realizar conjuntamente un proyecto significativo y pertinente en relación al contexto cultural y socio-ambiental (Sauvé, Orellana et al, 1999), transformando pedagógicamente las situaciones socio ambientales (Torres, 1997), desarrollando un proceso de cambios planificados para producir las transformaciones a las que se aspira y sobre las que se decide conjuntamente (Savoie-Zajc, 1993; Dolbec y Savoie-Zajc, 1994).
 
La estructuración de la comunidad de aprendizaje obedece a la intención manifestada por sus miembros de converger en esfuerzos y recursos para aprender implementando juntos un proyecto (Orellana, 2001), para cuya  realización se requiere una planificación rigurosa y sistemática de los procesos por desarrollar, incluyendo la dimensión de evaluación. Se trata de poner al máximo a provecho las habilidades y las competencias de cada uno, los recursos internos y los del medio en el que la comunidad de aprendizaje se sitúa. En el contexto de educación ambiental esta planificación requiere que se tome en cuenta la realidad socio-ambiental a la que se vinculará el proceso de aprendizaje, de forma de contribuir al desarrollo del medio de vida al mismo tiempo que al de los miembros de la comunidad de aprendizaje. Hay que asignarle a la educación el lugar central que le corresponde en la dinámica social (Delors, 1996) y ambiental.
 
Tres perspectivas complementarias
 
La importancia del vínculo entre las preocupaciones educativas y las de orden social marcan la estrategia de la comunidad de aprendizaje, la calidad de ser se concibe en estrecha relación con la calidad de ser juntos, en un medio de vida compartido (Orellana, 2001a). Efectivamente, como diversos autores interesados en la comunidad de aprendizaje lo indican, el desarrollo personal es indisociable del desarrollo de la comunidad (Wenger, 1999; Grégoire, 1998; Schnüttgen, 1997; Clark, 1996; Buttner, 1995; Sergiovanni, 1994; Potapchuk y Polk, 1994). En ese sentido adquiere gran importancia la interacción entre los saberes individuales y colectivos, cotidianos y científicos o lo que Alzate Patiño (1993) llama, el “diálogo de saberes” en donde lo aleatorio, lo concurrente, lo complementario y lo antagonista adquieren un sentido (Morin y Kern, 1993) y en donde se consideran igualmente las dimensiones cognoscitivas, afectivas, morales, éticas y sociales del desarrollo de la persona, en un marco social e histórico en evolución (Orellana, 2001).
 
 Por otra parte, en función de las intenciones y perspectivas que la comunidad de aprendizaje adopta y la finalidad que se desea alcanzar, se pueden distinguir tres principales tendencias: filosófica-educativa, social-comunitaria y pedagógica (Orellana, 2001a).
 
Según la perspectiva filosófica-educativa, la comunidad de aprendizaje está vinculada estrechamente a las preocupaciones de la calidad de ser y a la realización del ser humano como ser pensante y reflexivo, para construir relaciones auténticas con los otros (Buber y Eisenstadt, 1992). Según esta perspectiva el desarrollo de un nuevo ser requiere recrear valores esenciales, hacia un nuevo actuar y un nuevo sentido de ese actuar, por una nueva ética. 
 
La perspectiva social y comunitaria orienta la comunidad de aprendizaje a preocupaciones de desarrollo del espíritu comunitario y de mejoría de la calidad del medio de vida y de las comunidades en las que la comunidad de aprendizaje se implica. Esta perspectiva aparece como una respuesta a la frustración creciente de la poblaciones frente a los problemas sociales y ambientales (como la contaminación, la degradación ambiental, la pobreza, la delincuencia, el aislamiento social) (Potapchuk, 1994), como una alternativa a la exclusión y a la desvitalización del tejido social (Delors, 1996). El espíritu comunitario aparece como un principio organizador de vida (Carneiro, 1996). La prioridad en este caso se concentra en la construcción de procesos identitarios, de sentimientos de pertenencia[1], en la construcción de saberes útiles y significativos desde un punto de vista cultural y contextual, en vistas a lograr transformaciones y cambios sociales y ambientales.
 
Finalmente, según la perspectiva pedagógica la comunidad de aprendizaje se preocupa de responder al cómo y al por qué medios lograr ese nuevo ser y ese nuevo actuar, promoviendo la planificación y la implementación de un proceso pedagógico que se apoya en los principios de la construcción social del conocimiento. Se busca crear condiciones óptimas de desarrollo de la relación dialógica, base de la educación, estimulando complementariedad, reciprocidad, enriquecimiento mutuo, participación, compromiso y responsabilidad colectiva. Para ello, la comunidad de aprendizaje propone la integración de diversos enfoques pedagógicos complementarios: participativo, cooperativo, dialógico, interdisciplinario, práxico, resolútico, experiencial, crítico, holístico y sistémico.
 
 
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[1] Revelados por Durkheim (1983) como necesidades humanas fundamentales.

 


* Extracto del texto: El socio constructivismo y la teoría crítica: un marco epistemológico para la comunidad de aprendizaje
 
[2] ORELLANA, Isabel (2011). La estrategia pedagógica de la comunidad de aprendizaje: Definiendo sus fundamentos y prácticas y su pertinencia en educación ambiental. Consultado el 2 de noviembre de 2011, en Pág. Web: http://www.ecominga.uqam.ca/ECOMINGA_2011/PDF/BIBLIOGRAPHIE/GUIDE_LECTURE_1/7/1.Orellana.pdf
 
[3] Uno de los principios fundamentales de este proyecto es aprender en, con y para la comunidad.
 
[4] Además de integrar el legado de Dewey, Meiklejohn promueve la integración de saberes proponiendo vincular los  aprendizajes a la realidad de los educandos, y creando condiciones para que éstos se transformen en protagonistas y responsables de sus procesos de aprendizaje.
 
[5] Esta red propone procesos de aprendizaje desarrollados en asociación entre la escuela y la comunidad, en cooperación, compartiendo recursos y saberes, tomando en cuenta los contextos específicos de la realidad. Ella promueve el desarrollo del sentimiento de comunidad.
 
[6] Este tipo de educación promueve prácticas de aprendizaje democráticas, participativas y comprometidas con el desarrollo de las comunidades y el cambio social, desarrollando capacidades de análisis critico ante los sistemas establecidos.
 
[7] La educación comunitaria aborda las personas como seres que son social, económica, ecológica y políticamente activos y que como tales, tienen el desafío de integrar esas dimensiones en los procesos de aprendizaje hacia una responsabilización individual y colectiva.
 
[8]Uno de sus principios fundamentales es el concebir la educación como un proceso permanente y continuo a través de toda la vida.
 
[9] La educación, no es más concebida, según esta óptica, como un proceso de transmisión de conocimientos, sino que de construcción.